La actividad operativa de la empresa queda reflejada en sus estados contables, los que adoptan como medio de expresión la representación monetaria, cuya unidad o medida de valor es la unidad que se utilice en su manifestación a valor nominal, sin considerar si dicha unidad monetaria mantiene o no su valor relativo con respecto a su poder adquisitivo. Dicho de manera muy general, si es constante su valor económico.
La inflación altera justamente tal valor, por lo cual se ve modificada la esencia de la expresión de los estados que la utilizan; ello introduce un elemento de distorsión altamente negativo, pues rompe la homogeneidad de los mismos, alterando las relaciones expuestas en un mismo estado, pero también invalidando la comparación en lo que hace a estados de distinta fecha de la propia empresa, e imposibilitando las dirigidas a empresas diferentes
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El problema, sin embargo, va mucho más allá de los términos enunciados, pues no se trata simplemente de las alteraciones que en mayor o menor grado puede introducir en el mero análisis financiero, sino que se distorsionan los resultados reales y se desconoce la verdadera estructura patrimonial de la empresa.
La contabilidad histórica en moneda corriente, es la práctica contable usada por excelencia para generar los estados usuales, basando todas sus mediciones en términos de unidades monetarias, siguiendo determinados principios dentro de un esquema de registración convencional. Sus principales características son:
Valuación: El valor de costo, adquisición o producción, constituye el criterio principal y básico de valuación, siempre y cuando dicho importe, sea inferior al valor recuperable, en cuyo caso éste será el monto computable. Simplemente, la valuación se efectúa al costo o precio de mercado, el que sea menor.
Imputación: Se adopta el criterio del devengado, es decir que la contabilización se concreta en el momento en que queda formalizada la operación sin entrar a considerar si se ha cobrado o pagado.
Realización: Las ganancias se reconocen como tales sólo cuando se estiman totalmente perfeccionadas ya sea desde el punto de vista de la legislación o prácticas comerciales aplicables y se obtienen deduciendo a los ingresos los consumos producidos a su costo de origen.
Surge así claramente, que la contabilidad tradicional basada en el costo histórico, no proporciona información que tenga en cuenta los cambios que puedan producirse como consecuencia de las alteraciones en el valor de la moneda.
En resumen, de acuerdo a las normas expuestas ni los activos, ni los costos operativos que expresen el consumo, son sujetos de ningún ajuste en función de precios, ni experimentan revalúo en razón de eventuales modificaciones en los precios de mercado, por lo que, produciéndose un incremento importante en el nivel de precios, o contrario sensu, una pérdida substancial en el poder adquisitivo de la moneda, la información contable ofrece señaladas deficiencias. Los inconvenientes más serios consecuencia de tal situación se refieren, por una parte, a la substitución del o los activos, con el consiguiente deterioro patrimonial que ello acarrea y por la otra, con respecto a la determinación de los resultados del ejercicio, que al ser calculados deduciendo costos históricos de ingresos actuales, y evaluando a los primeros a un valor nominal inferior al real, dan lugar a ganancias ficticias, llamadas comúnmente de inflación.
No es difícil imaginar las derivaciones e implicancias de todo tipo que pueden surgir al amparo de defectos de información como los mencionados. Recordando que la clásica concepción de la registración contable, tiene su punto de apoyo en la estabilidad del valor de la moneda, de la misma forma que la programación financiera, especialmente de largo plazo, tiene gran dosis de su acierto en el pronóstico ligada a una situación semejante, es fácil presumir, que un cambio en el valor comentado, sin su debida corrección, puede hacer totalmente falsas las conclusiones de los estudios históricos o ilusoria toda predicción.
Se hace entonces necesario, más que ello, imprescindible, introducir factores de corrección que en la medida de lo posible atemperar las deformaciones producidas, como consecuencia de los procesos inflacionarios.
Diversos procedimientos, de diferente magnitud, han sido pro tradicional para corregir el inconveniente, de su falta de adaptabilidad. Estas propuestas pueden agruparse de acuerdo a la magnitud de la moneda corriente, introduciendo ajustes, que, en unos casos, solo tratan de modificar criterios de valuación que no conllevan la necesidad de corregir monetariamente las cifras y en otros, aunque incorporan la necesidad de hacerlo, solo es con respecto a determinados rubros. Los denominados ajustes totales o integrales van más lejos e inciden directamente sobre el problema monetario, actuando sobre el conjunto del estado contable mediante aportes de carácter global o cambiando lisa y llanamente el criterio de contabilización.

Según S.C. Lazzati y J,A. Ponte (28), la elección quedaría planteada entre cuatro corrientes principales a saber:
– Contabilidad histórica: sobre la que es posible introducir correcciones no de ajuste monetario, sino de métodos de valuación, referidos preferentemente a la oportunidad del ingreso o salida de bienes al patrimonio o revaluaciones sobre rubros específicos.
– Ajuste por inflación: este método respeta en gran medida los principios de la contabilidad histórica, pero corrigiendo las cifras expuestas por índices que reflejan la pérdida del valor adquisitivo de la moneda.
– Contabilidad a costos de reposición: recurre a revalúo fundados en costos de reposición o índices de precios de bienes o clases de bienes, u otros elementos representativos de la variación en el precio individual de los bienes.
– Contabilidad a valores corrientes: es una combinación de los métodos precedentes que utiliza costos de reposición u otros indicadores similares para evaluar determinados rubros, empleando simultáneamente para ciertos efectos, correcciones por índices de precios.